La abuela me contó que
en el entierro del abuelo “la tierra no podía integrarlo, tan leve era. Hay
seres que no son de acá ni de allá, como la línea del horizonte, inútiles pero
necesarios”.
No conozco la tumba de
mi padre. La abuela dijo que “grabaron su foto carnet, la del bigote torcido, en
la lápida”.
La irregularidad inmortalizada.
“El dolor golpea todos los
rincones del cuerpo hasta dar con el talón de Aquiles”, repetía mi padre
mientras masajeaba los brazos endurecidos
de los boxeadores.
En esa época yo solía escribir mi nombre en el buzón, esconderme detrás del arbusto, esperar que una carta
penetrara.

